Nunca podría escribir aquí si me supiera leída por amigos y parientes. Si lees esto y sospechas que nos conocemos personalmente, no me lo digas nunca...
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Viernes, 29 de abril de 2005
Quiero volver a tener veinte años. Quiero volver a la vida de la facultad, del piso de estudiantes. A los días de los botellones de calimocho, de los kinitos. A los días en que la noche era nuestra y siempre pasaba algo emocionante.
Quiero volver a tener a mis amigas durmiendo en la habitación de al lado. Volver a los días de los armarios compartidos, de las confidencias a las tres de la mañana. Quiero tener conmigo a M, que me dice lo que necesito oir aunque me duela pero nunca me recuerda que “ya te lo decía yo” cuando las cosas van mal, y a E, que sabe hacerme sonreir entre sollozos cuando estoy en el fondo del pozo. Quiero seguir teniendo a L viviendo a dos calles, poder llamar al timbre sin quedar previamente y decirle que se ponga lo primero que encuentre y baje, que nos vamos a tomar una caña rápida que se prolongará hasta las cinco de la mañana.
Me gustaría regresar a los tiempos en los que mis amigos de verdad estaban viviendo junto a mí, y no cada uno en un extremo de la península. A los tiempos en los que los amigos eran lo primero, y siempre tenías a alguien a tu lado cuando lo necesitabas.
Echo de menos esa amistad casi adolescente de grupo unido, pero a la vez abierto a otra gente, que disfrutaba en los viejos tiempos. Cuando a nadie le preocupaban aún los contratos, ni las hipotecas, ni el puto reloj biológico que pensé que ya sólo tenía importancia en las novelas tipo Brigdet Jones. Cuando el hecho de que una amiga ligara no significaba una división sino una suma, otro más al grupo, gente nueva a la que conocer, confidencias, cotilleos, bromas, risas.
Soy consciente de que la gente cambia, ya decían en El Rey León que hay que aceptar el ciclo de la vida, y de que el hecho de que siguiéramos todos juntos, como hace cinco años, no implicaría que siguiéramos comportándonos igual que en aquella época.
Pero cada vez que V. se niega a bajar porque ya se había hecho a la idea de quedarse en casa viendo la tele, o que E. cancela una noche de juerga porque el chico que acaba de conocer la ha llamado para quedar y le da cosa decirle que no, como ha hecho hoy, echo de menos terriblemente los viejos tiempos. Y cada vez que me siento triste y todos los números que me apetece marcar para hablar tienen prefijo de otras provincias, pienso que lo que tengo aquí no es amistad auténtica. Que ésa ya la he conocido, y es otra cosa.
Y aunque estos días he criticado mucho a alguien que conozco por iniciar una relación “balsámica”, únicamente para curar las heridas de su anterior desengaño y sentirse más acompañado, y he proclamado que yo no soportaría una relación simplemente apacible después de saber lo que es estar con alguien a quien quieres, en el fondo estoy haciendo lo mismo con la amistad. Salgo de marcha con ellas, o quedo para tomarme un café. Y las aprecio, y sé que son todas buena gente, tal vez más que yo, porque apuesto a que ellas no están en sus casas escribiendo algo así sobre mí. Pero las comparo constantemente y siempre llevan las de perder.
Porque cuando me toca transigir e ir a uno de esos bares que tienen reservado el derecho de admisión y que tanto odio, no puedo evitar acordarme de lo que nos divertíamos en nuestros baretos, donde nos sentíamos como en casa. Y si transigen ellas en ir a uno de mis bares favoritos, me lo paso bien pero pienso que no es lo mismo si los demás no se emocionan y saltan con las mismas canciones que yo. Y si estoy jodida y nadie se da cuenta hasta que estallo, recuerdo que mis otros amigos (mis mejores amigos), podían distinguir mi estado de ánimo con sólo escuchar la música que salía de mi cadena de música, o ver qué libro estaba sobre mi mesita de noche.
Él me dijo una vez, cuando aún estábamos juntos, que tenía que asimilar que con el tiempo me iría distanciando de mis amigos de la universidad. Que cada cual tiraría por su lado, y que mis amigos ahora eran los que tenía en nuestra ciudad. Pero desde que volví a casa, más que amigos he hecho amistades, gente que está ahí durante un tiempo y que luego desaparece igual que llegó, sin decepción ni discusiones, sólo por cambios de prioridades. Mientras que ellos siempre han estado ahí, aunque sea al otro lado del teléfono, aunque sólo podamos vernos en persona un par de veces al año. Y conocen mis manías, mis obsesiones, mis cambios de humor, mis borracheras lloronas, mi manía de discutir hasta el infinito sobre el matiz más insignificante, la vena borde que me sale cuando estoy a la defensiva y temo que me hagan daño. Conocen mis mayores defectos, mis días malos, saben lo insportable que puedo llegar a ser cuando estoy peleada con el mundo.
Y aún así, son los únicos que siguen siempre a mi lado, cuando aquellos que siempre ven mi lado fuerte y mi buen humor huyen despavoridos cuando me vengo abajo y ven que ahora son ellos quienes tienen que encargarse de mí y no al revés.
En el fondo, él tenía razón cuando me dijo que hay cosas que no se dicen, cosas que no se reconocen en voz alta. Porque yo no podría decirle a la gente con la que me muevo ahora que, por muy bien que me caigan y muy majas que sean, hay amistades y hay Amistad. Adolescente, problemática, un poco idealizada tal vez. Pero intensa, incondicional, tremendamente sólida.
Tal vez cierto tipo de amistad, o cierto tipo de amor, sólo se vive cuando eres muy joven y todo es nuevo y emocionante. A lo mejor con los años cambian las prioridades, y sólo quieres cosas seguras, estables, confiables. Un trabajo estable, una pareja estable con la que tener una relación apacible, un grupo de gente agradable con la que charlar cordialmente. Tal vez llega un momento en que sólo quieres vivir sin sobresaltos, y la ausencia de los conflictos, de lágrimas en la almohada, de discusiones interminables compensa por la escasez de carcajadas. Tal vez tiene razón mi amiga Marta cuando dice que lo que nosotras tenemos es el síndrome de Peter Pan. Pero si crecer significa conformarse, escojo seguir siendo inmadura.
Por: Cora . | General | Comentarios (3) | Referencias (0)
Hola neni:
Sé que lo que te voy a decir no te dará consuelo ninguno... pero bueno... me da mucha envidia (y además insana) saber que conociste a gente así en la facultad y que fuisteis capaces de daros mutuamente una amistad tan grande como verdadera. Amigos así tengo uno, ¿te das cuenta? Uno tan sólo. Y mis años de facultad, mejor no te los cuento; estudié una carrera para la que, si querías entrar, debías sacar un 7,5 en selectividad... de modo que nos juntamos los empollones de COU de toda España en mi clase... y los piques, las envidias, los malos rollos, la competitividad estaban a la orden del día.
Lo que tú viviste en la universidad lo viví yo, en cierto modo, en el instituto... aunque ni siquiera de esa época me quedan amigas porque, como tú dices, cada una tomó su camino, y de repente lo que importa es la hipoteca, el reloj biológico, el coche, el trabajo fijo y algún viaje a Canarias.
Qué decirte, pequeñita. Que te quiten lo bailao, aunque te seba a poquísimo.
Mil besos
Emma | 30-04-2005 01:47:55
Bueno, no sé qué decirte para que suene reconfortante... Yo no he pasado por esa época. Aún sigo en la universidad y no tengo amigos de allí, así que del instituto o del cole ni te cuento. Para ser sinceros, no tengo amigos. Ellos huyeron de mí para reconfortarse en los brazos de sus respectivos apañeros/as. Y si aún tienes teléfonos que marcar, eres muy afortunada.
Un besote.
Documentamanía - Recuperación avanzada de información http://es.geocities.com/documentamania2005 (hay que auparla, que he caído al tercer puesto!!)
Menganita | 01-05-2005 13:03:27
Yo también escojo ser inmadura; escojo pensar que la amistad de verdad, esa que conociste en la facultad, existe y existirá siempre; escojo pensar que la Amistad es un sentimiento tan fuerta como el amor (incluso creo que yo le doy más valor a la amistad).
Me gustó mucho el post pero me pareció muy triste, no sé... yo en la facultad no hice amigos porque sólo estuve un año y luego lo dejé. Del instituto tampoco conservo grandes amigos de esos de verdad.
A Medea la conozco desde el colegio, y además vive en la calle de al lado y de pequeñas jugábamos en la calle.
A mi también me jode "hacernos mayores" y ver que la gente le va quitando importancia a la amistad, ver que la gente te da la patada en cuanto conoce a un tío, ver que alguna "amiga" te anula la cita dos horas antes porque la llamó el rollete de turno...
Y tienes razón Cora, no es lo mismo, cuando aunque bailen, no lo hagan con el mismo entusiasmo que lo haces tu.
Un abrazo muy fuerte.
Su | 01-05-2005 18:27:03